De Blancanieves y demás princesas


De Blancanieves y demás princesas

Hace casi dos semanas fue el cumpleaños de mis hijos. Tranquilos no os voy a torturar con un relato pormenorizado de lo que es una celebración de cumpleaños con niños de tres años, no os odio tanto. La cosa es que con lo grande que es la sección de juguetes de el corte inglés, a mi padre no se le ocurrió otra que regalarle a Lola un disfraz de Blancanieves. A mi padre le hace mucha gracia que me haya salido una hija hiper-femenina y se lo fomenta hasta extremos insospechados, será cabrito, a mi en la vida me compraron ni una barby por mucho que insistiera y a mi hija ya le ha regalado 3!!

Total, que el disfraz se lo puso nada más abrir el paquete y no se lo quitó en toda la fiesta, ya no sólo eso, es que para quitárselo a la hora de dormir tuvimos que negociar al más alto nivel, déjate del conflicto palestino-israelí (que sí, que te lo pondrás mañana al levantarte, que sí, que podrás ir al parque con él, que sí, que podrás ir de paseo disfrazada, que no, no podrás llevarlo al cole el lunes o las otras niñas te lo romperán). Al final lo conseguimos y pudimos ponerle el pijama (de prinzeza, por supuesto) y podemos dar gracias a que al día siguiente, bien disfrazadita ella, se puso a jugar con plastilina y rotuladores y acabó el disfraz hecho un asco y hasta ella reconoció que no se podía ir a ninguna parte de esa guisa con con lo que nos libramos de salir a la calle con el dichoso traje.

El disfraz sigue ahí en la parte de abajo de la montaña de ropa para lavar y ahí seguirá por mucho tiempo, se conforma con llevar el “set” de corona rosa con brillantes y perlas y pendientes a juego de prinzeza que le regaló mi amiga L, pero la neura de Blancanieves no se le ha ido, desde entonces no existe otro cuento que contar que no sea el de Blancanieves y los siete enanitos. Como muchos padres, antes de acostarles o mi santo o yo les contamos uno o varios cuentos, pero en cualquier caso el cuento se lo contamos a los dos y para mi hija no existe otro que no sea el de Blancanieves. Hay que contarlo cada noche desde entonces y no se conforma con que se lo cuentes una vez, mínimo dos veces, y cada vez te hace las mismas preguntas, que cómo se llama este enanito con cara de enfadado (“gruñón” es una palabra que le encanta), que como se llama la bruja mala (madrastra-bruja es lo mismo para ella… cuánto daño ha hecho Disney a la disparidad de familias!), que las manzanas son malas (no ha vuelto a probar una y antes le encantaban… cuánto daño ha hecho Disney a la variedad alimenticia de nuestros hijos!) que qué bien que viene el príncipe y la salva ( sí hija, fíjate que siempre nos rescata un príncipe con un beso, qué sería de nosotras sin príncipes… cuánto daño ha hecho Disney a años y años de lucha por la igualdad y al feminismo!) En fin, una tortura, para mi y para su pobre hermano, que creo que será un republicano ferviente harto de tanto príncipe, odiará a todos los bajitos de este mundo, harto de tanto enanito, y odiará a todas las mujeres de piel pálida y pelo negro que osen ponerse un turbante rojo con o sin lazo encima!

Así que en esas estamos, estoy por hacer desaparecer el cuento misteriosamente por la salud mental de todos!!

¿Hasta qué edad duran estas cosas? ¿Durará toda la vida? ¿Esperará toda su vida que la rescate un príncipe? ¿Llegará el día en que prefiera ser una plebeya valiente y decidida que sepa sacarse las castañas del fuego ella solita en lugar de preferir ser una prinzeza? Yo creo que sí… no? Yo por si acaso he prohibido la entrada de la revista Hola en casa no sea que se entere de la historia de doña Letizia y se haga ilusiones…


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